martes, 25 de mayo de 2010

Cuando me contestas sonriendo.

Era lunes por la mañana, el cielo estaba claro, hacía sol; todo apuntaba a que el verano no se haría esperar demasiado. Yo tomaba el café de cada mañana, con leche y mucha espuma, acompañado de un croissant a la plancha con un poco de mantequilla derretida, mientras, ojeaba el periódico. Los días habían pasado rápido, ya era julio, ya me despertaba la claridad de cada mañana, ya podía salir a la calle con camisetas de tirantes, pero eso, para ser sinceros, no me importa demasiado.

El 15 de julio llegaba, tenía los planes hechos, ese viaje tan esperado, ese viaje con el que había soñado desde pequeña, ese viaje imaginario. Esa propuesta de hace unos meses.

- Y si te propongo un viaje... Por ejemplo Tahití ¿Te vienes?- dije un día nublado, sin pensar, a causa de repentino impulso que recorrió mi cuerpo.

Me miraste, sonreíste, y no dijiste nada, solo eso, una sonrisa que yo no logré entender.

Polinesia Francesa; Tahití. 15 de julio del 2010.

Una proposición, un viaje de los dos, y para los dos, una semana en la cual evadirnos de los pocos problemas que teníamos, una semana en la que compartir algo más que un Maitai mientras tomamos el sol en una playa no muy lejana a nuestro hotel: El Vanira Lodge.

Primer día, nos despierta la claridad, el sonido de las hojas de los árboles más cercanos se funden en perfecta armonía con el rumor de las olas. Me levanto de la cama, pero tú ya no estás. Mi primer pensamiento no te deja muy bien. “Perfecto, se ha ido a hacer surf y me ha dejado sola.” Vaya, sospecha infundada, estás en la parte de abajo, haciéndome una especie de desayuno tahitiano. No me lo esperaba. Parecía que el día empezaba bien.

Surf, calor, sol, desayunos, una comida en el ''La Belvedere'', submarinismo, cena en el ''Blue Banana'', un Pina Lagoon. 30 grados, comida en la playa, más cocteles pero esta vez fue un Maeva, sin alcohol, aún era pronto, más surf, unas compras en ''Sibani Perles Joallier'', otra cena en un sitio mejor aún que el anterior. Una visita al acuario, otra comida, una tarde tirados en la hamaca de la playa, tostándonos al sol, una cena, aunque esta vez preparada por ti, a pie de playa otra vez, con la luna iluminándonos, una noche perfecta. Más calor, más submarinismo, surf, escapadas por las zonas salvajes de la isla.

Último día, toca relax en la Naturaleza, visita turística a ''Fautaua Waterfall'' una cascada impresionante, otra comida en ''Loulouse''.

Y así pasaría el tiempo, una semana que se parecería a un largo día. Unas vacaciones inimaginables.

Solo había un problema. Te pregunté si nos íbamos, pero tú no has contestado todavía a mi pregunta, o lo hiciste, pero yo no logré entenderlo, una sonrisa, una simple sonrisa. Ese era mi plan de verano, lo tenía todo perfectamente pensado, quería que fuese idílico, esa semana lejos del alcance de todos los problemas, trabajo, familia, solos tú y yo, la luna y el sol. Las olas, el sonido de las mareas. Solo eso, solo nosotros.

8 de Julio del 2010.

Nos vemos y seguimos viéndonos casi todos los días, sonrisas, besos, abrazos. Hay días que nos queremos con más intensidad, tomamos cafés, vemos películas. Hacemos cosas de pareja, y pasa el tiempo, pasan los días como si fueran segundos, pasan por delante de mis narices. Llego a pensar que no quieres irte conmigo de viaje, llego a pensar demasiadas cosas, la mayoría no muy buenas. Pero lo dejo ahí, y sigo con mi pizquita de esperanza a que me contestes, aunque solo sea unos días antes.

Ya es 14 de julio, y solamente apareces por mi casa con una buena película y unas pizzas. Dejaste el coche en el porche, y entraste con sonriendo. Otra sonrisa más saltaba a tu rostro, más parecida esta vez a la alegría incontrolable, estabas feliz, risueño.

Yo no te volví a repetir nada acerca de mi propuesta del viaje, lo dejé pasar, pensando que quizás era una tontería.

Eran las doce, nos fuimos a la cama.

Seis de la mañana amanece en la Providencia. La poca luz que entra por la ventana me despierta poco a poco, aún es temprano, pero tú ya no estás. Suena el teléfono de mi mesilla:

-El desayuno está listo cariño.

Menudo idiota pienso yo, me llama despertándome a las ocho de la mañana para decirme que el desayuno está listo. Aun así, sonrío.

Bajo a la cocina, un desayuno americano me espera en la mesa, tú sonríes mientras me explicas como lo has preparado, pareces orgulloso de ti mismo. Hay una maleta en la puerta, lo primero que pienso es que te quedaras un tiempo en casa. Acabo de desayunar, me ducho, me maquillo, voy a vestirme, tengo la ropa en la cama. Un conjunto de vestido con unas sandalias y un bolso a juego.”Que considerado”. Mi intuición femenina me intenta avisar de algo, pero no pienso demasiado, me dejo llevar...

Bajo y me dices:

- ¿Estás lista?- Sonríes de nuevo, unas sonrisas que intento descifrar pero que no entiendo muy bien, estoy desconcertada. No sé cómo reaccionar, ni siquiera acierto a responderte con otra sonrisa.

- Sí- contesto después de que tu mirada inquisitiva formule otra vez la pregunta, y ahora sí que te devuelvo la sonrisa y te beso en los labios.

Me coges de la mano, nos vamos al coche, me tapas los ojos y me avisas de que me espera un viaje bastante largo. Me despierto en el aeropuerto con unos billetes para la Polinesia francesa en la mano, acompañados de un:

- ¿Cómo iba a desperdiciar ese viaje tan perfecto contigo?

Sonrío. Grito. Me río a carcajadas mientras te abrazo, fuerte, no te suelto, mientras te digo te quiero al oído una y otra vez. Nos vamos.

Y es ahora cuando pienso, en lo que tengo, lo que he ganado y en todo nuestro trayecto juntos.

Reflexiono sobre ello y recuerdo ese día, ese primer día en el que empezó todo, con una pregunta, un cruce de miradas y una tarde de lluvia.

-Perdona, ¿tienes fuego?

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